martes, 13 de mayo de 2008

Una Historia de aldea

Deseo ante todo disculparme ante quien pudiese leer con conocimiento de causa y ver la mezcla de historias reales diferentes que he agrupado para esta.

Dedicado a Silvia, a cuya petición fué escrito.

Confío sea disculpado por parte de la lectora el hecho de no ser mi vida suficientemente misteriosa como para poder escribir algo realmente interesante sin recurrir a la inventiva y, por consiguiente, a la mentira. Para evitar caer en ello me permito la licencia de reducir la carga de misterio tirando de la mitología popular que, de un u otro modo, está presente en la vida de cada uno de nosotros, en la esperanza que sea de su agrado la historia que voy a contarle sin procurar faltar a la verdad y dejando la imaginación solo a modo de recurso para esos tantos momentos en que la veracidad no alcanza cota para ser narrada.

Rara es la persona hoy en día habitante de cuidad alguna o de sus periferias que no procede por alguna rama de su familia de alguna aldea remota. El caso del abajo firmante no difiere del de tantos miles de personas con una digna procedencia labradora.

Cerxedo es una aldea pequeña, apenas con once o doce casas apartadas por varios kilómetros del mundo actualmente desarrollado. El pueblo queda entre las montañas de la actualmente mal llamada Ribeira Sacra Lucense, que nada tiene de ribeira como no sea de algún arrollo de los usados para el riego de los prados y mucho menos de sacra con excepción de las iglesias y capillas de la zona, amén de algunos lugares “sacros” para ciertos cultos antiguos hoy tan extintos como aquellos que los practicaron.

La casa familiar, como muchas casas de aldea está construida en piedra vista del color de la tierra. Es una casa muy grande, en tiempo una “casa forte”, como se llamaba a las casas ricas de los pueblos. Pero una casa de labradores al fin y al cabo.

La parte baja de la casa está ocupada por la cocina, la cuadra de los cerdos, la de los bueyes, la de parir, una bodega y otras 7 cuadras para dos animales cada una más la de los becerros. Hay un aseo y un patio donde se guarda el carro (ahora el tractor) mas algún ganado.

La parte media del mismo edificio está dividida en dos medias plantas. Una que está dedicada al pajar para guardar heno para el invierno y otra, equivalente en tamaño al pajar, que alberga la antigua escuela del pueblo, una despensa, un dormitorio que usaba el maestro de turno, una sala usada actualmente para los congeladores y como secadero de carne y un ancho pasillo a la vez taller de unos tres metros y medio de ancho.

Arriba encontramos sobre un piso de castaño seis dormitorios, un baño y un comedor, todo alrededor de un pasillo equivalente al del segundo piso.

En el interior de la casa se respira un olor con gusto a madera vieja y a la cal de las paredes. Los enseres están colocados en lugares cómodos para echarles la mano a costa de la estética, sobre la cual no se presta la más mínima atención. Puede decirse que, mientras los tiempos nos hacen en cierta forma vivir para las casas, allí las casas son las que “viven” para las personas.

Corriendo estaba el invierno de 1988 cuando me encontraba en la cocina de la casa, como era habitual en las horas que justo siguen al crepúsculo, acompañado de mi bisabuela Emilia, sus hijos, Pedro y Manolo y Amparo, esposa del segundo.

La noche era ya cerrada a pesar de que contaba en el reloj las siete y media un poco pasadas. El clima duro de la montaña engalanaba la oscuridad de fuera con ráfagas de aire y lluvia a modo de ventisca y entre las puertas de la ventana se dejaba escuchar un hilo de viento que al colarse, silbaba acompañando al estallar de la leña verde quemándose en el hogar de la bilbaína, de fundición oscura, que permanecía encendida desde el amanecer todos los días del año.

Amparo comentaba a su marido que el señor Dios no había regresado aun con el ganado. El señor Dios, Dios le tenga en su gracia, era el criado de la familia. Vivía en la casa, en una de las habitaciones que están en la cara sur. Después de casi veinte años trabajando allí era tratado como uno más a diferencia de que percibía un salario de treinta mil pesetas.

El señor Dios había llevado las vacas a pastar al Coto; unas fincas de monte que había hacia la parte baja del pueblo camino de las Chousas en las que abundaba el matorral bajo como tojo y úz que es bueno para el ganado.

La bisabuela, a sus casi noventa años, se encontraba bastante bien a pesar de que a veces perdía la cabeza y si le preguntabas ¿sabe quién soy? Te daba por respuesta lo primero que se le pasaba por la imaginación dado que no te reconocía. Creo que pocas cosas me han hecho tanta gracia como cierta ocasión que le hice la pregunta, ya crecido yo y muy mayor ella y recibí como respuesta “un tolo por ahí, Xan rabo de can” (un loco por ahí, Juan rabo de perro”.

Se pudo oír en un momento la voz del señor Dios llamar por las vacas y abrir el portón de la casa que daba acceso tanto al patio como a las cuadras. En ese momento Manolo y Pedro salieron para el patio y fueron abriendo las distintas puertas para el ganado al tiempo que Amparo llamaba al señor Dios a entrar en la cocina y calentarse con un plato del caldo que había preparado para la cena.

El señor Dios era un hombre entrado en años. Rondaba los setenta y cinco si no es que pasaba ya de ellos, pero nunca he llegado a saber, en parte porque nunca me había interesado, su edad. Tenía la tez curtida con color a tierra y el poco pelo de su cabeza era negro de gruesos cabellos rizos. Era ciego de un ojo debido a una patada de una bestia cuando era más joven y su delgadez tan extrema que parecía no haber llevado alimento a la boca en semanas.

Se sacó su cazadora mojada y sucia de barro y de animales y la colgó en el perchero que está aun hoy sobre el mesote en el que usualmente se sienta Amparo para hacer la manteca. Venía completamente calado de agua y su piel morena brillaba con los reflejos de la luz de carburo. La electricidad no llegaría al pueblo hasta 1994.

Mientras se sentaba a la mesa el señor Dios comentaba con Manolo que habría que cerrar nuevamente las fincas del Coto debido a que el agua de las últimas semanas se había llevado la tierra del terraplén que hay hasta el Rego da Cruz y había caído el ballado.

Mientras tomaba con un trozo de pan el plato de caldo caliente que le habían servido el recordaba los momentos en que hacía veinte años había llegado a la aldea y como se había empleado en la casa de Lousada.

Dios venía de una aldea de O Caurel. Viudo a temprana edad y con ningúna boca que dependiese de su trabajo a no ser la suya le había venido a dar por el tinto y la taberna. Así fue que entre la tabernera y el tratante se fueron a quedar con sus dos vacas y su hacienda a raíz de las deudas contraídas poco a poco a cuenta de mucho beber y poco sachar.

Recordaba como ayer el día en que llamó para pedir a la casa del cura de Castro de Rey de Lemos después de varios días de caminata entre hambre y calor en los que se alimentó de la caridad de los aldeanos.

Don Francisco, que así se llamaba el párroco, le acogió y fue quien le empleó en la casa de Lousada, que queda a escasos diez kilómetros del pueblo de Castro de Rey.

“Vas e falas da miña parte có señor Domingo. Dille que te mando eu”

Y así hizo Dios Fernández. Siguiendo indicaciones del cura llegó a Cerxedo donde se quedó hasta fin en 1995.

El señor Dios, de naturaleza callado, solía decir que la casa estaba guardada por la Virgen de las Nieves. Patrona de la aldea. Contaba que el año en que llegó había venido un invierno como no recuerda, en el que la nieve y el pedrisco impedían sacar el ganado que poco a poco y a pesar de los esfuerzos de los hombres en traer hierva de donde fuese iba adelgazando a medida que pasaban las semanas.

Una noche de aquel año los rayos cayeron sobre el carballo de Veiga. Un imponente árbol que vigila el camino de La Portada desde la aira de la Veiga y en el que hoy se puede ver en su viejo tronco la hendidura hecha por el rayo en la que caben holgadamente tres personas. Esa noche murieron dos vacas de la casa de Pérez a golpe de luminaria.

Por el miedo a las chispas, mucha gente, mujeres en su mayoría dada su mayor inquietud religiosa en el medio rural, se dedicaban a rezar para que sus casa permaneciesen guardadas del rayo. La tormenta golpeaba con furia toda el área y se veía como las luces celestes marcaban allá donde caía su golpe.

En medio de la noche Emilia, más joven y como todos los demás amedrentada dejó de rezar y salió afuera cubierta por un mandil *2 y dirigió sus pasos a la capilla, situada en el alto del lugar aproximadamente a un kilómetro del pueblo.

Dentro de los pedregosos muros se escuchaba gritar la noche, la lluvia sobre el enlosado del tejado y el viento que se colaba por las rendijas que dejaban puerta y ventanas. Cerró la puerta tras de si y se dirigió a la sacristía. Allí estaba una imagen de la Virgen de las Nieves que era propiedad de en paz descanse su suegro y que se había llevado a la capilla al poco tiempo de fallecer el.

Cogió la imagen, de considerable peso pero transportable y la envolvió en el mandil. Tras ella quedó la capilla y las huertas que hay aun hoy en la bajada a la aldea y caminando con los pies enterrados en el “bulleiro” se dirigió a casa.

Por la mañana siguiente la tormenta había cesado y el cielo conservaba apenas rastro de las nubes de la noche.

Emilia había situado la imagen en la habitación de secar la carne al lado de la escuela del segundo piso y se había quedado allí con ella hasta el alba.

La casa de Lousada, así como sus propiedades y ganado fueron los únicos aquella noche que no recibieron daño alguno por causa de la tormenta en todo el pueblo según recordaba para si el señor Dios a la vez que, terminado el plato de caldo, hincaba el cuchillo en una tira de tocino cocido apoyada en un trozo de pan.

Los demás en la cocina discutían sobre las reformas que habría que hacer en el cierre del Coto mientras yo me debatía si tragar o no una cucharada más del plato de caldo que tenía delante y del que en la última media hora apenas había comido a la vez que deseaba que Manolo se marchase para cama para poder decir de una vez que no quería más.

martes, 8 de abril de 2008

¿La libertad en Occidente?

Quiero comenzar este blog con una reflexión muy propiamente mia a cerca de la evolución de la mentalidad de la sociedad occidental y el papel, a mi criterio indispensable, de la Iglesia Católica, en el camino hacia la entrecomillada libertad de pensamiento de que actualmente presumimos.

Es muy común cada vez que sale un cura en la televisión, prensa o radio, escuchar algún comentario a cerca de lo retrógada que la Iglesia és o deja de ser; de lo mucho que la Iglesia y los curas han censurado, asesinado en nombre de Dios, ocultado obras comprometidas y engañado a la sociedad.

En repetidas ocasiones, aquellas voces críticas, juzgan a la Iglesia y sus representantes de un modo que podría resultar gracioso por la falta de criterio y, en tan altísimo porcentaje de veces, falto de siquiera haber escuchado ni analizado lo que dicen. La realidad es que lo gracioso se queda de lado por la trizteza de la falta de respeto hombre-hombre de que dichos juicios hacen gala; amén de ser de por sí una falta de gusto espeluznante.

Al caso (termino rápido y ya seguiré desarrollando en un momento de más calma) que en la cultura occidental, donde se ha formado una Iglesia, esta institución que controlaba totalmente lo lícito e ilícito, ha sido una con una cabeza para sufrir las presiones de la evolución social, las cuales, con el tiempo y las distintas renovaciones en la cabeza, han ido haciendo mella hasta que la institución permitiese con el paso de los siglos pasar de una mentalidad teocentrista a una más humanista.